Erasmus en Nápoles, el después

Parece mentira, pero el tiempo vuela y ya han pasado los 4 meses de estancia en Nápoles.

De aquí me llevo un gran grupo de amigos, miles de recuerdos y seguro unos kilos de más.

Si me tuviera que aconsejar a alguien que venga a Nápoles, le diría: disfruta, no tengas miedo de sus intensas gentes y no dejes que nadie te tome el pelo. Ah; y ni se te ocurra buscar piso con ninguna asociación, por más “oficial” que parezca: te cobrarán el doble de lo normal, y no será la última vez que te intenten timar. Si hablo de esto en mi última entrada es porque justo a la salida del piso he tenido serios problemas para la devolución de la fianza.

Pero aún con todo lo que una cara Nápoles me ha intentado quitar, me quedo con todo lo que la otra cara me ha dado. Solo siendo amable e interesándote por la cultura y las costumbres, en Nápoles encontrarás gente dispuesta a obsequiarte ya sea comida, descuentos en sus negocios o una agradable y cercana charla que en otra gran ciudad sería impensable, o como mucho una rara avis.

Me dijeron una vez: “Cuando llegas a Nápoles quieres llorar, y cuando te vas, también”. Y no podrían tener más razón.

Me voy, sin duda alguna de que volveré a esta increíble ciudad.

Arrivederci!

Anuncios

Erasmus en Nápoles: el durante

Si te piden que te imagines Nápoles en base a los datos que ya tienes (pocos), te aseguro que vas a equivocarte en básicamente todo. Es imposible de imaginar el estilo de vida de esta ciudad sin haberla visto, y si te lo cuentan pensarás que exageran.

Nada más llegar, mientras esperaba a mi taxi, un insistente conductor de taxi pirata me hizo ver (sin ser consciente en el momento) la intensidad y el caos que me deparaba Napoli. Ya en el taxi legal, conforme nos adentrábamos en la ciudad iba viendo una estampa que me dejó ojiplático: calles estrechas y de pavimento irregular repletas de basura, cuyas paredes tenían tantas pintadas como grietas. Balcones y ventanas con cientos de prendas colgadas que daban impresión de estar en un sitio estremadamente arcáico. Señales de tráfico que hacían las veces de decoración. La visión me hizo pensar que me encontraba en una ciudad peligrosa, caótica y donde la ilegalidad se consideraba un aspecto más de la vida cotidiana. Y tenía toda la razón del mundo, aunque no sólo se cumplió esa impresión: tampoco me equivoqué cuando sentí que nada de eso me iba a hacer menos feliz de haber elegido esta ciudad. Las calles son un continuo caos de motos pasando a escasos centímetros de tí y nadie respeta las normas de circulación; pero con el tiempo cruzas por cualquier calzada como quien anda por su casa, sin importar semáforos, pasos de cebra o stops: sólo tienes que dejar ver que tienes intención de cruzar. Los establecimientos te intentan timar y cobrar más sin importar el tipo de negocio: pero puedes regatear en todos y cada uno de esos sitios, y en algunos incluso te dirán que te vayas sin pagar y se lo lleves otro día si no llevas efectivo encima, como si todo fuera un gran pueblo donde todos tienen un código de honor personal. Las calles están llenas de basura, pero es basura generada por empresas y otras ciudades: los napolitanos respetan su ciudad como si fuera el cuarto de estar de su propia casa.

Napoli es un sitio diferente al resto de Europa, andar por sus calles te hace sentir que vives en una ciudad del siglo pasado, una especie de Habana en medio de Italia donde pese a la pachorra vital de sus habitantes no parece haber descanso a ninguna hora del día. Salir a pasear es una experiencia: no volverás a casa sin una anécdota que contar porque has visto a un napolitano llevando una escalera de mano en su moto, un somier de cama o a otros dos napolitanos, o bien porque la edad de tal motorista no parecía sobrepasar la docena. También puedes haber visto un grupo de palomas compartiendo sus migas del suelo con un gallo que parece una más de la bandada, dos personas que parecen estar a punto de darse un puñetazo para luego darse un abrazo y despedirse, y otras tantas situaciones que le dan a esta mágica ciudad el apelativo incorregible de “aleatoria”. también cabe la muy probable posibilidad de volver a casa no solo con una historieta que contar a tus compañeros de piso, si no también con algo de la barata y deliciosa comida callejera de Nápoles. El casco histórico se encuentra plagado de vitrinas con pizzetas (pizzas pequeñas), fritattinas (arroz o pasta rebozados de diferentes formas) babas (magdalenas bañadas en licor), sfogliatellas (dulces de hojaldre duro rellenos de ricotta) y cornettos (croissants en cualquier otra parte del mundo), pero la reina de la comida da portare es, sin duda, la pizza. En el resto del mundo (y de Italia, según mi experiencia) no tenemos ni idea de lo que es una pizza. Una pizza es una masa fina con tomate y mozzarella de buffala hecho al horno de piedra que chorrea aceite y se dobla al cogerla, teniendo que comerla doblada si o si: comer este manjar es un placer barato (3,50 euros), rápido (tardan como cinco minutos en hacerla) y, por descontado, delicioso. En Nápoles se inventó la pizza, y para comerte una verdadera pizza tienes que ir a Nápoles, no a Italia. Ya en Nápoles, la pizzeria que elijas es lo de menos. Una vez que ya tienes tu anécdota que contar y la panza llena, te puedes dar una vuelta por sus calles principales, como Spacanapoli o Via Dei Tribunalli, o ir a tomarte una cerveza a Piazza Bellini, donde los erasmus se congregan casi todos los días de la semana a tomarte unas cervezas, o pedirte un café (también considerado una delicia autóctona, adjetivo que corroboro) en una de las incontables cafeterías que pueblan la ciudad.

Y si te aburres de Nápoles (no creo), tienes a mano la costa amalfitana, con pequeños pueblos de costa como sorrento o positano, o por supuesto, Pompeya, donde puedes entrar gratis siendo estudiante de artes.

Nápoles tiene mucho, muchísimo que ofrecer; pero tienes que cogerlo con sus condiciones. Una vez te adaptas a ello, prepárate para una experiencia irrepetible y, a ratos, difícil de creer.

Vieni a Napoli e poi muori.

Erasmus en Nápoles: el antes

Hola, me Llamo Juan Luis y curso tercero de diseño gráfico en Córdoba, y este año he decidido solicitar la beca Erasmus.

En principio, no pensaba que fuera a pedir la beca, nunca lo había considerado una opción y el año anterior ya había vivido en el extranjero, pero una serie de motivos personales me llevaron a querer salir de Córdoba una vez más a conocer mundo, así que me dispuse a meterme en el proceso de selección: éramos cinco solicitantes y sólo podían recibir la ayuda tres de nosotros. Fue un proceso que se me hizo eterno, ya que si bien había una alumna que sabía que iba por sus altas notas y un certificado B2 de inglés que subía su media, yo tenía unas notas muy parecidas a las de los otros tres, y por pensar que no me haría falta hasta acabar la carrera, aún no tenía un certificado que probara mi nivel de inglés.

Pasaron los tests, entrevistas y portfolios y poco a poco se fue viendo quién iba a ir y quién no, hasta que finalmente, para suerte mía (y mala suerte de los otros dos alumnos, a los cuales les recomiendo que soliciten la beca para sus prácticas), quedé tercero en la lista y pude empezar con los trámites de selección del destino.

Los destinos no eran muchos, así que fue un poco más fácil elegir: Rumanía y Portugal nunca me habían llamado especialmente la atención, y en Praga había estado de visita el año anterior; yo quería ver lugares nuevos y, si podía, aprender un idioma que considerara útil en el futuro. Estos requisitos los reunía Italia, así que ahora tenía que decidirme entre dos destinos: Catania, en la Isla de Sicilia, y Nápoles, situada en el empeine de la bota. Tras mucho pensar, mucho preguntar, y considerar precios de una ciudad y de otra, una conversación con un familiar que reside en Florencia me hizo ver que a mi, amante de ciudades grandes, vivas y con historia, me iba a gustar mucho más una ciudad como Nápoles. Así que, por fín, me decidí por tal ciudad, sin saber lo que me esperaba allí.